El mismo final

Eran tres libros y sus portadas juntas formaban el rostro de Julio Cortázar. Al principio pensé que sería una buena idea tener a alguien que vele las inestables realidades que se vivían en mi habitación. Con el tiempo me di cuenta que la imagen de Julio me provocaba una paranoia recurrente: siempre leía viendo hacia la pared por que temía que se estuviera enamorando de mí. Lo veía mover sus ojos con una extraña expresión, parecía tratar de decirme algo. Desde ese día, la idea de su compañía me pareció absurda.

Las noches se habían vuelto largas con los extraños movimientos que provenían de mi librero. A veces me imaginaba que todos los personajes habían cobrado vida y estaban viviendo las historias que ellos deseaban y no las que sus autores habían decidido darles. Pero aunque trataba de distraerme de la intensa mirada de Julio, él siempre estaba ahí. Creía que ya me había acostumbrado a su rostro, a esa mirada que me observaba mientras dormía, mientras me desnudaba, mientras reía y mientras lloraba, esa mirada que veía toda mi vida en su rectangular mente de libro.

Una extraña sensación me embargó, cuando una mañana vi a Julio en el piso. Concluyo que se cansó de mi falta de atención y decidió aventarse del quinto estante de mi librero. No sería el primero que se decide por el suicidio. Por qué será que los hombres son tan trágicos.

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