Si la gramática tiene cinco géneros y le quitamos dos…

 

Hace unos días me llamó la atención leer, en Culto, cultura y cultivo (2008) del historiador y teólogo cubano Justo L. González, que nuestra lengua castellana tiene cinco géneros. Él habla de ello en su afán por mostrarnos la cultura machista que se impregna en nuestro lenguaje, de manera que nos alienta a darnos cuenta que “hay una relación mutua entre el idioma y la cultura que representa. En esa relación, cada uno impacta sobre el otro” (p.44).

Personalmente, creo haber escuchado de tres géneros pero no cinco, además los que más tengo presente son dos: el masculino y el femenino. El otro que se me esconde siempre es el neutro, pero faltan otros dos: el ambiguo y el epiceno. Los ejemplos que da González en el segundo capítulo denominado Cultura y creación son:


Masculino: el caballo

Femenino: la yegua

Neutro: lo bueno

Ambiguo: lo que en lugares es “el sartén” en otros es “la sartén”

Epiceno: La ballena nace siendo ballenato, y se le aplican adjetivos masculinos sin importar que sea macho o hembra. Así decimos, “el ballenato negro y blanco es hembra”. Pero, cuando ese mismo ballenato crece y se vuelve ballena, se le aplican adjetivos femeninos sin importar su sexo, y así decimos que “la ballena negra y blanca es macho”.


En esta época, el lenguaje se ha convertido en un campo minado donde no importa hacia dónde vayas, algo va a explotar justo enfrente de tu cara. Quizás si supiste jugar bien el clásico Buscaminas, de Microsoft Windows, podrás salir vivo de este enredo. Pues bien, en esta cuestión del lenguaje hay dos extremos: el grupo de quienes no identifican o no les interesa para nada la discriminación -especialmente hacia el género femenino- evidenciada en un lenguaje machista como el nuestro; y el otro grupo que encuentra la solución haciendo discursos “inclusivos” donde en una sola oración quieren referirse a La Totalidad: hombres, mujeres, niños, animales, cosas, la nada y el todo. Obviamente hay quienes tratan de ser equilibrados, pero se ven engullidos por discursos que gritan más o tienen una plataforma más alta desde la cual ver y señalar a todos.

Personalmente, encuentro muy complicado mestizar el conocimiento de este sexismo  lingüístico y la forma en como me expreso diariamente. Soy consciente de que requiere de tiempo y también de un nuevo redescubrimiento del idioma. Muchas veces me encuentro tratando de recordar las clases de lenguaje en la escuela o escuchando atentamente a una madre que intenta hacer hablar a su pequeño hijo. Mi intención es ver el comportamiento humano y saber cómo utiliza la lengua para comunicarse. No seré experta en gramática, pero sé que puedo sensibilizar más mi oído en la práctica de escuchar.

Ahora bien, esta nueva oportunidad de redescubrir el idioma no debe ser asumida solo por maestros, mientras otros nos lavamos las manos. Todos estamos en una posición de enseñanza. Entiéndase la palabra “enseñar” como “mostrar”. ¿Quién de nosotros no muestra (enseña) algo a un pariente o amigo? No es necesario ser ubicados por otros frente a un salón o podio para pensar que tenemos el “poder” de dirigirnos a los demás. Enseñar/mostrar es un derecho y deber de quienes habitamos este mundo. Y, como miembro de la comunidad cristiana, también quiero señalar que deberíamos estar preocupados por los errores de nuestros antepasados, que han hecho alejar a muchos de la verdad y amor de Dios. Es nuestro trabajo acercarnos desde diferentes áreas y asumir la responsabilidad sin conformarnos. Y aquí acierta el apologeta Francis Schaeffer:

Necesitamos a una generación joven y a otras personas que estén dispuestas a permanecer firmes, en amorosa confrontación, pero en una confrontación verdadera, en contraste con la mentalidad de adaptación constante a las formas del espíritu del mundo que nos rodean hoy, y en contraste a la forma en que mucho del evangelicalismo ha desarrollado la mentalidad automática de acomodarse a cada punto sucesivo.

Claro, este es un llamado a todos. Por favor no se sienta apartado si no forma parte de la comunidad cristiana, la Tierra la habitamos todos. Así que, dejemos de quitarle dos géneros a la gramática, esto no tiene por qué ser una operación matemática, sino vamos a salir perdiendo. Haga la cuenta.

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