Sucesos

Yo sabía que el conflicto sería difícil de resolverse. Quizás ni en días,ni semanas, ni meses podría lograrse. Además, no se había complicado después de lo que pasó sino después de que entendí que algo había ocurrido con nosotros. Sin duda, Benjamín no estaba listo para esto.
Pero esperen, antes de continuar, no estoy segura si debería llamarlo ‘el conflicto’, más bien me parece que vendría mejor decir: ‘la situación’. Sí, llamémoslo ‘la situación’. Me parece mucho más apropiado denominarlo así, puesto que era nada más que eso: un suceso. Uno de los tantos que ocurren a diario en la vida de cualquier persona. Sucesos como el levantarse enfermo, caminar y que se te pegue un chicle, llegar tarde al trabajo, que tu hija muera ahogada o que el perro del vecino haga caca en tu puerta. Eso, sucesos sin propósito alguno que ocurren en la vida de cualquiera, ninguno vale más ni menos.
Recuerdo a Benjamín desde que tengo memoria —así es como se dice, ¿no?—, era bastante tímido y aún así éramos los mejores vecinos y amigos del mundo. Jugábamos a la casita, yo salía a trabajar y él cocinaba. Me encantaba ese juego, la comida era de verdad, él solía pedírsela a su mamá. ¿Quién no querría desaparecer todo el día porque supuestamente trabaja, si al regreso puede comer en serio? Pero un día el juego terminó, la edad nos hizo ver nuestras propias familias: nadie regresaba a comer; así que ya no quiso servirme más. Yo me molesté y él me secundó, cada uno con el argumento familiar que cargaba. Ambos no pudimos ver más allá de las letras que formaban nuestros apellidos, como si esa fuera la firma irrenunciable de un extraño contrato.
En secundaria, la apacibilidad de Ben hacía que muchas chicas estuvieran detrás de él siempre tratando de llamar su atención. Yo no tenía tiempo para perderlo con novatos, era lo que le decía a mis compañeras. No me quedaba más que aparentar después de nuestro divorcio, pero por supuesto que me gustaba. Ser el menor de su casa le daba cierto encanto, parecía tan indefenso a diferencia del resto de sus patéticos hermanos.
Fue un poco después de la bruma de los dieciocho años que recibimos la noticia. Nuestros padres eran amigos desde hace mucho tiempo, entonces cuando su madre murió, fuimos a visitarlos. Recuerdo haberme quedado con él esa noche del velorio. Fue en su casa, de la cual —increíblemente— recordaba todo desde la última vez que la pisé cuando tenía nueve años. El aparador lleno de los pequeñitos juegos de té seguía en el mismo lugar, incluso la lámpara que habíamos roto y que su padre había reconstruido, seguía en la misma mesa en el pasillo que llevaba al baño. Hace tiempo que no nos habíamos hablado, pero él recibió mi ansioso abrazo con mucho cariño y me hizo saber que quería que me quede. Su suave apretón fue bastante claro, era como una alarma de lluvia, ese momento fue el incomparable olor que se levanta de la tierra cuando las primeras gotas caen. Ese día no hablamos, guardé silencio y eso me valió la entrada a sus más profundos pensamientos. De allí en adelante no volveríamos a separarnos y —lamento admitir mi alegría— gracias a lo de su madre hicimos un compromiso de muerte que nos ayudó a olvidar el tiempo que habíamos perdido.
De allí en adelante los momentos de nuestras vidas pasaron como suspendidos en el aire, siempre acompañados de un fuerte viento. ¿Han jugado con los bordes de una libreta de notas? ¿Dibujando una secuencia de imágenes en las esquinas, de manera que cuando pasas rápido, se logra una ilusión de movimiento? De seguro así se veían nuestras vidas desde arriba.

meter
sacar
cajas
anillo
cepillo
ruido
la niña
tres velas
piscina
hueco
suspiro

Y se acabó la libreta: hojas no reciclables que ninguno quiso recoger del piso. Allí fue donde todo se detuvo. Yo estaba anestesiada, fue un momento después que pude ver su dolor y envidiarlo. La libreta había terminado con un suspiro entrecortado que ninguno de los dos sabía cómo finalizar. Traté de explicarle, de decirle que nadie tenía la culpa. Intenté redimirlo y me arriesgué a recordarle la muerte de su madre pero no se lo tomó como esperaba. El pacto de muerte se daba por finalizado, por supuesto, con una muerte.
Intenté resistirme, me repetía constantemente lo de los sucesos: Ninguno vale más que otro, ninguno vale más que otro. Pero era el cumpleaños de Benjamín y vísperas de Navidad, no era solo la fecha, era que todo hablaba de un nacimiento cuando en realidad nosotros estábamos experimentando el mismísimo movimiento del agua en nuestros pulmones —¿Eso es lo que sentiste Clarita, verdad?—.
Pasamos los días sentados uno frente a otro, desnudos en la sala. La ropa nos pesaba y apenas podíamos vernos los rostros gracias a las intermitentes luces del árbol. Al fin llegó el veinticinco y en un momento de angustia, nos levantamos al mismo tiempo, y lo supimos. La musiquita movía nuestros pies, nuestros brazos subían y bajaban mientras dábamos vueltas alrededor del árbol que no dejaba de cantar. Como pregoneros de un dios que nunca apareció, caímos rendidos en la alfombra cuando de repente todo se quedó a oscuras. Por un momento pensé que Ben había muerto, incluso pensé que yo había muerto, hasta que después de un minuto volví a escuchar nuestras respiraciones, y ahí estaba… El suspiro inacabado había regresado y terminado después del cansancio de nuestro baile de adoración y una pregunta sin responder, —¿Así no era como los antiguos hombres lo habían hecho?—. Entonces Benjamín me tomó la mano y me apretó fuerte, muy fuerte. Él sabía que teníamos que hacer algo más aparte de danzar.
Primeras hojas de la nueva libreta:

abrir
tres
regalos
desalojar

Portada: 

Pablo Picasso y Jacqueline bailando delante de ‘Bañistas en La Garoupe’ (1957)

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